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jueves, 18 de noviembre de 2010

Sobre la "locura" en nuestra sociedad.


 Esta reflexión surgió tras conocer a Bruno, un chico que vive en las calles de Madrid. Lo había colgado en principio en mi blog personal, pero teniendo un maravilloso espacio como es este blog , he decidido compartirlo con vosotros.
Bruno lo perdió todo, y  busca trabajo sin cesar, pero a más tiempo pasa, más dificultades encuentra. No lo contratan y sigue fuera de un sistema corrompido por  políticas económicas y sociales que cada vez nos hunden más y nos solucionan menos problemas.
Bruno, me hizo reflexionar sobre todas las cosas que tenemos y no valoramos, sobre lo poco que nos separa de estar en su misma situación, y sobre cómo es vivir sin nada.
Me dió por pensar en la locura de mundo consumista en la que vivimos y como ésta nos afecta en nuestra manera de actuar y de pensar. Además me hizo acercarme más a la realidad de los "sin techo" y sentirla cercana. Todo educador ha de enfocar su práctica poniéndose en la piel de sus usuarios, y es esto lo que más nos cuesta, en muchas ocasiones. Os dejo, sin más preámbulos, con mi reflexión.

"Curiosidad entre tantas que nos dio la vida, que al buscar algo de locura ocurra que el amor es una patología que nos deja a ciegas la razón.  Curioso que sea el corazón el que nos guía hasta el abismo de la nada con su velo trasnochador. ¿Estaremos todos locos o simplemente dejamos mucho tiempo abierto el grifo y se agotó el tiempo para reciclar un atisbo de cordura en este mundo que derrama un vaso vacío?¿Por qué tantas veces el amor y la falta de éste, o el descubrimiento cruel de que no siempre existe, va unido a la locura y ésta va arrastrando la muerte absurda que tanto nos disgusta? Y lo más desastroso, nos hemos despreocupado totalmente de la necesidad del ser humano de ser amados. Esto hay que matizarlo, amar a los demás,  como colectivo, como valoración de las cualidades que todo ser humano alberga, conlleva alcanzar un tipo de amor propio que nos hace felices. Amar al prójimo, esa frase que suena tan cristiana, y que va perdiendo peso con el paso de los años en nuestra sociedad, tiene el único fin de hacer feliz a los demás, para ser felices nosotros mismos, en el acto de desprenderse, de hacer el bien en el otro...A esto quería llegar.

¿Y dónde vemos que falta esto? Hoy en día falta amor en cualquier parte, pero sobretodo en la educación. Falta amor por la vocación en los educadores, falta desprenderse del egocentrismo profesional, falta amor en las instituciones, falta amor en las familias, falta amor en la política, falta amor universal y "universalmente". Y diréis a santo de que viene, que yo os hable con tanta ñoñeria. Quizás sea una tontería, pero el otro día paseando por la castiza ciudad madrileña, mirando a las personas que pasaban cerca de los considerados "pobres" que viven en la calle, me dí cuenta de que en las caras de las personas que pasaban cerca de ellos había de todo menos amor: desprecio, ignorancia, zozobra, burla, asco, repugnancia, miedo, terror, angustia, culpa, rechazo, perdón, malicia.

Algunos cedían un donativo económico forzados por una situación  social que les sobrepasa. Nadie les dió un abrazo o se sentó a hablar con ellos. Sí, ya sé que no es su trabajo, pero no todo es trabajo en la vida. La gente va del trabajo a sus casas, ignorando una realidad que les acuchilla los ojos, y les enmudece los oídos. Aunque llevan gafas "del cerca" evitan pararse a leer la noticia del día, que está en cada calle y en cada esquina.
Y yo me pregunto: ¿Quién puede concienciar a ese rebaño de gente que llega puntual a sus muchos quehaceres y olvida que hay personas que se han quedado en la ignorancia y el olvido  de sus vidas rutinarias para siempre?

El trabajo es una cárcel, de la cúal quién escapa, se deja las llaves para siempre dentro de su casa. Es libre para vagar, pero no es libre en el mundo...Son vagabundos, a conciencia, errantes del sistema. Y el sistema los condena, y la gente los enajena al más sútil (sútil porque suena raro que alguien se fije en este detalle bochornoso) y ligero abandono: el de la falta de amor por las personas que se encuentran en la situación de no tener hogar. Nadie se plantea: podría ser yo.

Hablé la noche pasada con una persona, de la qual quedé profundamente admirada, que vivía en la calle, sin tejados que le protegieran de la lluvia ni del frío ni del calor. Tampoco de la gente que pasa  y pisa por sus casas, que opina y destruye dignidades, que mira al otro lado, que les sonríe, que les aparta, que les menosprecia, que les produce curiosidad al mismo tiempo que miedo. Con los prejuicios habituales, que aúna el descubrimiento de algo que habita en un sitio recóndito de nuestras huidizas vidas al manicomio consumista, creí que su vida era un calvario. Que la locura envolvía su calendario. Las horas se acababan al mismo tiempo que a a veces llenaba su gorra. Aún y así su sonrisa dibujaba un aspecto optimista, y las bromas no le faltaban para los paseantes ajenos a su situación. Pasan unas cuantas chicas disfradazadas de discoteca y alcohol: "Buenas noches princesas, tengo el Ferrari aparcado, ¿os doy una vuelta?" Las chicas ríen repletas de vida, cargadas de historias que son ajenas a ese inhóspito mundo. Dos horas más tarde, pasan y se acuerdan. Una moneda más, una moneda.

Descubrí que nosotros nos quedamos sin valorar la luz de una farola que se enciende cada noche, que nos quedamos sin luces, sin ideas, que nos acecha la duda en cada escalón, que nos escondemos y hacemos oídos sordos cuando suena el chaparrón. El humilde servidor al que escuche el relato de sus días pronosticó el final de un sistema que no se sostiene por ninguna parte. Un sistema que nos atrapa, que nos hace aparentar lo que no somos, que nos hace vivir una locura desenfrenada, uniones disparatadas al dinero, matrimonios de por vida con una casa de la que no terminaremos de pagar su suelo. Eso si, no nos avisaran por refinada megafonía de que nunca antes ha sido nuestro.

 ¿Y no es acaso eso una terrible venganza demoníaca? ¿No es acaso un castigo por dejar creer a los locos, a los reales, los que nos acechan por el telediario,  que ellos no metieron la pata? No apelo a la razón para buscar un sentido a mi discurso, ni siquiera el pensamiento alega a un final conclusivo acerca de todo esto. Si nos adentramos en laberintos fascinantes, encontraremos la salida alternativa que puede no ser la que nosotros creíamos. 

Es una locura no ser conscientes de lo que nos rodea, no dejar que los locos nos den lecciones de “verdadera” racionalidad. Dejar que el mundo funcione por ley natural, dónde cada persona fluya por su camino,  respetando cada esquina y escuchando las voces sabias que no actúan por el que dirán. Y si nadie tiene derecho a decidir por los demás, que deje de esconder la mano, y se quite piedras de encima que les hagan más libres de la razón aprendida.

Decidido, todos deberíamos probar en nuestras carnes la locura, pero quizás nos sentaría bien alejarnos de nuestra mentira, que también es de una gran necedad: la de considerarnos dueños del conocimiento, de nuestras casas, de nuestra  vida. Sin coherencia no hay sensatez que valga. De lo que se deduce que el mundo está fatal de la cabeza, perdido en su complejo laberinto de ecuanime estupidez."

Ana

NOTA A PIE DE PÁGINA: No déjeis de leer el siguiente blog. Hecho por personas de la calle para comunicar la realidad sin más tapujos que los que os queráis poner en los ojos: http://lacasasintejado.blogspot.com/"